miércoles, 15 de junio de 2011

EL REVÉS DE LA EXISTENCIA.

En la oscuridad permanente de un mundo, se encontraba toda la familia en el cementerio, con bombas de fiesta en sus manos. Cada uno reflejaba esa sonrisa pegajosa en su rostro, los adultos gritaban de alegría mientras los pequeños pedían un poco de disciplina, sólo había que esperar a que llegara el desepulturero. Sabían que así fuese abuelo o abuela estarían aún más contentos, la verdad, no importaba, sólo querían encontrarse con la sabiduría.

- Ojalá no sea tan joven como el último -  dijo esperanzada Amelia.
Abrieron el ataúd,  impacientes por ver su contenido. Era el ser más arrugado que jamás habían visto, lo ayudaron a levantarse. Hiperactivos, toda la familia lo llevaron a la casa y le dieron las mejores atenciones como bienvenida a la existencia.
- ¿Cómo te llamas? – inquirió Amelia, una linda niña rubia y un poco curiosa por recordar todo aquello que alguna vez supo.
- Juan -  respondió con dificultad el anciano.
- Te quiero hacer una pregunta, ¿Puedo? – inquirió la niña tímidamente mientras su madre le daba al abuelo un café dietético.
- Dime – dijo el anciano con cara de que no le gustaba perder el tiempo con habladurías.
- ¿Por qué olvido cada día más cosas?, ¿Por qué me veo más pequeña?, ¿Qué le sucede a mi cuerpo y mente?...
- Espera niña -  le interrumpió impacientemente el viejo sujeto – dijiste que sólo una. Mira, yo no te puedo responder ninguna de ellas, pero creo saber lo que sientes. Si hay algo de lo que sí sé, es que como sea que estén ocurriendo las cosas, nosotros los seres humanos nunca estaremos satisfechos de ello. Además, ¿No sería absurdo que corriera la vida de otra manera?, ¡Sería imposible!, así que sólo sé como te toca, ¿Sí?, no me molestes más por favor.

Luego de decir aquello, el anciano cogió un libro, lo puso en sus piernas y luego fue por un lápiz, acercando el borrador para las eliminar letras con una mano y, con la otra, sostuvo una vela encendida para calmar el oscurantismo. Nadie sabía cómo había llegado todo aquello, pero les incomodaba tanta información… ¡Mejor acabar con ella de una vez!

Amelia se retiró desilusionada e insatisfecha de la respuesta que le dio la persona que había esperado tanto tiempo, la persona que todo el mundo escuchaba y le pedían consejos, pero que, sin mucho esfuerzo, desechó el interés de aquella niña con mente borrada. Amelia ya no sabía si hacer un pequeño esfuerzo y conocer de nuevo lo que una vez supo, dejar todos estos deseos a un lado o encontrar otras alternativas.

Al principio Amelia pensó en que lo que decía su abuelo era rotundamente falso, cuando pasó la rabia y desilusión consideró ciertos aspectos que la desanimaron aún más. Su mundo es conformista y extremadamente olvidadizo, era lo que no se les podía quitar de la cabeza por más años que descendieran. Toda esa licuadora de sentimientos le complicó las cosas a tal punto que estuvo a muy poco de contagiarse de interés nulo y de vivir por instinto, si no fuera porque se escuchaba un bullicio mayor al acostumbrado en la calle. Se puso sus chanclas y salió a ver lo que ocurría. Sus ojos se agrandaron al ver a un nuevo anciano, nadie se lo esperaba, éste era diferente a los demás, todos lo presentían por su forma de llegar a sus vidas.

Luego de mucho pensar, la mente de Amelia le dijo que esto era lo que esperaba, un anciano diferente… sus ganas de conocerlo llegó al tope y salió casi que corriendo en busca de aquél hombre.

- Debes ponerle más cuidado a esa niña, se le está corriendo una tuerca – dijo Juan a la madre de Amelia.
- Eso haré papá – dijo María mientras salía a perseguir a su hija.
María vio que Amelia entraba a una casa de bahareque muy arrinconada al pueblo y se quedó en la puerta para enterarse del propósito de la visita.

Amelia buscaba entre esa casa pobre pero organizada y observó anonadada algo que jamás se habría imaginado. Las manos arrugadas de ese sujeto  tenían el lápiz al revés mientras hacía unos movimientos muy melódicos ante el papel, no era como el borrado que acostumbraba a ver. Decidió acercarse y se asombró tanto al observar que aquél libro había vuelto a renacer, se dio cuenta de que esa parte del lápiz existía para ese motivo, ¡cómo pudo ser tan ciega! El anciano se había dado cuenta de su presencia hace mucho rato y Amelia lo sintió, así que decidió hablarle.

- Hola, mi nombre es Amelia... - pero antes de ser cortés sus intrigas le ganaron - ¿Qué estás haciendo?
- Escribir... no veo por qué la pregunta.
- ¿Para qué señor? - preguntó mientras se sentaba al lado del anciano en la silla doble.
- Para inmortalizar mis pensamientos y conocimientos - pero al ver el rostro de Amelia, decidió añadir - Hace mucho tiempo, tanto que ya muchos dicen que es un mito, las personas venían al mundo para aprender, refutar y dar nuevas ideas, pero muchas de éstas eran conservadas por medio de libros para luego ser aprendido por nuevas generaciones. Yo, aunque aún manchado con este mundo, quiero empezar el cambio - y luego de pensarlo un rato preguntó - ¿Tú podrías ayudarme?
- ¿Ayudarte a qué?
- A recuperar la luz que una vez hubo.

Amelia lo miró anonadada pero decidió escucharlo atentamente mientras que por allá en la puerta se encontraba María asustada de tal forma, que salió corriendo con su vela ya apagada en busca de toda la comunidad.

Ya todos sabían lo que planeaba hacer aquél anciano, pero en vez de escuchar y obedecer de la misma manera que lo hacían con los demás pobladores de mayor edad, querían devolverlo al cementerio, a donde decían que pertenecía.

Mientras Amelia le daba la mano a aquel hombre sin nombre en noción de "trato hecho", llegaban todos los pueblerinos a interrumpir el momento, cogieron al anciano y se lo llevaron lejos de la niña ya asustada por aquél instante.

Luego de deshacerse del anciano todo el pueblo se sintió tranquilo de nuevo, pero ignorando que ese hombre el cual había estado tan poco entre ellos, dejó algo más significativo, una semilla camuflada entre la multitud que emprendía su misión. Por fin encontró Amelia a otros dos niños confundidos como ella y les instruyó en el hábito de escribir tal como le habían convencido en aquella casa de bahareque.

Con el tiempo Amelia fue creciendo y su madre lo notó, se sintió destrozada al pensar que su hija no acabara de existir en su vientre, y así como ella también el pueblo empezó a hablar de aquello. Aparecieron rumores y se acordaron que Amelia había estado aquella noche con el anciano a quién por cierto nadie conocía su nombre, todos coincidieron al pensar en un contagio o algo parecido.

Amelia escuchó los rumores gracias a su madre pero aunque no comprendía cómo era posible que eso sí no lo olvidaran, decidió seguir con su proyecto hasta que se deshicieron de ella misma.

La huella de ese anciano sin nombre se sigue esparciendo hasta la fecha, y aunque no muchos lo han notado, ya nadie tiene que volver a utilizar las velas, se empezaban a escribir más que borrar y la población crecía en vez de retroceder. ¡La era del libro ha empezado!