Mi edad no interesa realmente, pero quiero aclarar que ya he vivido lo bastante como para saber que no estoy satisfecho con lo que ha sido de mi vida. La inaceptabilidad de los sentimientos me llevaron a este cuarto triste y desolado, sin pareja, sin hija: sin vida.
¡Cómo quisiera retroceder el tiempo y ser otro! Deseo insaciablemente darle esos besos con ternura y pasión a Tanya, cargar y jugar con Elena al “avioncito”, no reprimir aquello que siempre quise hacer… añoro levantarme temprano y saborear lentamente esos exquisitos manjares hechos por mi mujer.
Si tan solo yo hubiese dejado a un lado mi vida mecánica para llevarlos a un buen viaje y no dejarlos a su suerte al paseo que me los arrancaría para siempre.
Muero por seguir con ellos, ardo de locura por no haber sido lo bastante feliz ante una familia que lo tenía todo para serlo. Me siento culpable al no haber disfrutado pausadamente cada fiesta, cada comida y salida al centro comercial.
Ahora sólo queda arrepentirme de las alegrías que faltaron, de los abrazos que nunca se dieron, de las sonrisas ausentes en todos los momentos propicios y de las peleas por sandeces.
Éste es un cuchillo que representa mi fin, o más bien el acabar de las humillaciones que yo mismo produje, haciendo de mi vida algo inválida porque el hombre no se encuentra donde está solamente para producir dinero, sino que también debe ser feliz y la única forma de llegar allá es hacer lo que siempre se ha deseado, para así no acabar con este ser humano: solo y en delirio.
Antes de acabar con esta auto sentencia debo olvidar lo que fui, porque me produce humillación el saber que NO HICE LO QUE SIEMPRE QUISE.
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