Encajada en una orilla de la ciudad, se encuentra una casa de bareque con cara de pobreza, aquella misma donde sale una linda niña rubia cada mañana hacia el alboroto del conocimiento escolar, niña que nos enseña que hay un desorden de castas sociales, niña sin dinero; niña con oportunidades.
Trota al modo chupaté mientras que su bolso roto suena. Evade las miradas de sus vecinos de manera penosa pero su sonrisa es constante ya que hoy es su clase preferida.
Llega a su escuela nublada por el gobierno, escuela abandonada, escuela sin importancia; escuela con ánimos. Se encuentra con sus amigas, las abraza cariñosamente, quieren jugar pero primero hay que estudiar. Entra feliz al salón porque es tiempo de dibujar, hora en que la alaban por sus creatividades fantásticas, donde la felicitan por hacer lo que más le gusta.
Al igual que un juego mental, aparece en el papel blanco un bello paisaje irreal para el mundo objetivo. Tortugas volaban en el firmamento, patos con cola de ballena nadando en un lago rojo, mujeres luciendo su cabellera azul y sus ojos enormes, tiranosaurios pequeños con brazos largos y, a una orilla, precisamente como su desgastada casa, se encontraba irónicamente una mansión con una cancha de patinaje sobre hielo en su techo.
En su escuela el profesor Juan siempre fue el que incitaba a sus pequeños a imaginar, lo que era muy fácil para ellos, pero por allá lejos, en el ministerio de educación, no se han dado cuenta del trabajo gigante que en este momento emprende una institución enana sin ánimo de lucro.
Termina la clase y la niña tiene hambre, se devuelve a la realidad que tenía en la mañana. En su odisea se topa con imágenes que ella no tiene por qué entender. En la esquina de la escuela un hombre abaleado por los que una vez fueron sus amigos, a la próxima calle un tipo golpeando a su compañera de cama con un palo, más adelante un niño de su edad, prácticamente arrastrándose con un bulto de café en su espalda, al seguir caminando se encontró con hombres musculosos torturando a su traidor y ya llegando a su casa, dos mujeres cogidas del pelo.
¡Por fin!, llegó a su improvisado hogar y encontró a su madre, una mujer con rostro demacrado pero con un toque de ternura, la pequeña la abraza con la sensatez que sólo un niño puede tener y casi que instantáneamente viene el beso en la mejilla. Beso de amor, beso de agradecimiento; beso macabramente consolador.
Luego de cambiar su uniforme y de sonarle las tripas, corre a la cocina. Mira los ojos de su madre, ojos tristes, ojos apenados ante su hija, ojos de dolor; ojos de madre.
Por si las moscas se atrevió a hacer la pregunta con respuesta incierta para la situación en la cual ellas dos se encontraban.
-Mami, ¿qué hay de almuerzo?- dice temerosamente la niña.
No hay palabras pero sí respuestas. La mujer agacha su cabeza pero luego de diez segundos la levanta con rapidez para dirigirse a su hija.
-Ya vengo Sofía- le dice con voz temblorosa y sale casi que corriendo de la casa.
Sofía lo sabía, su madre llegaría dentro de una hora despeinada, con ojos llorosos y con cualquier cosa para calmar el hambre. Mujer con deberes, mujer usada, mujer vendida; mujer sin culpa.
Mientras que su mamá lloraba en una silla, Sofía decidió acostarse a dormir. Cogió su pijamita, le rezó al Jesús Niño que tenía al lado de su cama y de un momento a otro su mente se blanqueó

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