viernes, 31 de diciembre de 2010

CAOS

CAPÍTULO III: “INTERACCIÓN DEL CAOS”


Sofía siempre fue una niña curiosa, por tanto, no podía pasársele por desapercibido el hecho de que todo era cada vez más extraño. Por unos instantes parecía que su madre lucía unos majestuosos vestidos pero, luego de un parpadeo, volvía a verla con los harapos de siempre.

Sentía que alguien jugaba con su destino, ¿Será Dios que quiere darnos una especie de lección? Cada vez que los sucesos se repetían, sus preguntas eran más complejas y disparatadas.

En una ocasión, llegando como cualquier otro día de su mundo estudiantil, se encontró a la misma casa que dibujó alguna vez en su clase con el profesor Juan, apresurada fue hacia ella, abrió la puerta, y ahí estaba… aquel hombre con que soñó cada noche, aquel hombre que ni siquiera dijo adiós, aquel hombre que no quiso escuchar las primeras palabras de su hija, aquel hombre que la había dejado sola con su madre… pero verlo ahí como si nada hubiera pasado, le devolvió la tierra que necesitaba para tapar el hueco dejado por su ausencia y en el preciso instante que corrió a abrazarlo por primera vez, se fue dando cuenta que todo era de nuevo parte de las ilusiones que había tenido últimamente, que no había casa de sus sueños, que no había un padre que la protegiera cuando tuviera un mal novio, que le diera un poco de rectitud a su vida y que la cargara en sus hombros hasta estallar de la risa.

Ya se estaba acostumbrando a las desilusiones, y a pesar de todos los motivos para llorar, siempre se le vio en el rostro ese toque de fortaleza que le hace falta a cualquiera en situaciones mejores a las que aquella niña se encontraba. Ahora, luego de tanto sufrir, por lo menos algo estaba cambiando, y ¡lo vio!, aún no lo superaba, por poco lo toca como nunca antes había podido…



Por otra parte Elizabeth no se daba cuenta de la nueva realidad que empezaba a tener su familia hasta el día que, al despertar, no tocara su puerta aquella nana, el día en que vino por primera vez el bus escolar a recogerla, el día que no podía comprar la ropa de moda, el día que todo lo que una vez tenía en el mundo material en el que estaba sumergida, desapareciera.

Como era de esperarse Elizabeth lloró de dolor y sólo tenía en su mente una pregunta: ¿Por qué a mí?, pregunta curiosa, pregunta sin aparente respuesta, pregunta incierta; pregunta sin sentido.

En este preciso momento, se dio cuenta de que no había apreciado antes lo mucho que tenía, pero esto sólo contribuyó a los deseos suicidas que tenía cada vez que su situación económica empeoraba. No pudo aguantar más, trató de hacer su mayor esfuerzo, luchó por no hacerlo…

La madre de Elizabeth, María, se encontraba en su alcoba haciendo sumas y restas con una calculadora vieja, se encontraba desesperada y angustiada. Pensó en que debía distraerse un rato antes de enloquecer y subió a darle por primera vez en mucho tiempo, un beso de buenas noches a su única hija. Ahí estaba aquella niña, colgada por sus problemas. Su madre gritó y trato de bajar a su ser más importante en este mundo, pero ya no daba ningún signo de vida.

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